9.04.2013

Amanecer

Sentí un tenue brillo corretear por mi nariz, jugueteando con ella, sin animarse a llegar a mi vista. Sonreí, me estiré en la cama, eché un poco hacia atrás la sábana con los pies y decidí abrir los ojos. La habitación fue cediendo a mi vista iluminándose de a poco. El techo de madera aún seguía oscuro, pero yo sabía que cuando el Sol lo visitara se iluminaría tanto que toda la habitación tomaría otro color.
Miré para el costado. Y allí estaba. Allí estaba tendido. El Sol le daba en sus negros cabellos. Pero ahora se veían tan claros, tan maravillosos. La sábana blanca lo cubría hasta la cadera. Tenía la espalda al descubierto. Sus lunares, aquellos planetas que habitaban su gran espalda, más oscuros algunos que otros, estaban dispersos por doquier, incluso llegaban a su cuello y se repartían lugares por su rostro que me miraba. Aún tenía sus ojos cerrados, pero me miraba.
Su cabello brillaba y el Sol ya había alcanzado mis ojos. Yo continuaba recostada boca arriba y lo miraba a él. Con uno de mis dedos, con el índice de mi mano derecha, comencé a acariciarlo.
Sentir su tan suave piel, ver cómo se le hundía ante el casi imperceptible tacto de mi dedo era muy placentero. Esquivaba aquellos planetas con total cuidado, le recorría la espalda muy lenta y suavemente. Comencé por el centro, subí por su espina dorsal, recorrí sus omóplatos marcados por la posición en la que se encontraba y bajé por su brazo izquierdo que desde el codo hasta su mano estaba debajo de la almohada, al igual que el derecho.
Rocé un poco la funda de la almohada y, finalmente, llegué a sus cabellos. Mis dedos corrieron por sus puntas en cámara lenta. De vez en cuando hacía juegos de vista y enfocaba mi mano o enfocaba la pared para ver mis dedos y su pelo borrosos.
Logré llegar a su cuello y volví a bajar por su columna. Recorrí su cadera lentamente viendo cómo mi dedo índice se sumergía en su piel. Era como si la superficie fuese agua. Agua iluminada por el Sol de la mañana que se invita a pasar por la ventana de nuestra habitación.
Me lo quedé mirando un rato más hasta que mi vista se enfocó en el jardín. Aquél hermoso jardín que podíamos disfrutar cuando quisiéramos y del cual teníamos una hermosa vista desde nuestra habitación.
Era un verde casi fosforescente mojado por el rocío, extendido como una gran alfombra por toda la parte trasera de nuestra casa rodeando, al fondo a la derecha, una pileta.
Me levanté de la cama, la rodeé y me senté al lado suyo como indio en el hueco que dejaba entre su espalda y el borde de la cama, a contemplar más de cerca el paisaje que teníamos en la ventana.
Ignoro cuánto tiempo habré estado allí, sólo sé que no me di cuenta cuando se despertó ni cuando se movió. Estuve en un hermoso trance, introducida en lo más profundo de aquél verde. El Sol me daba de lleno en el rostro. Y también en toda la habitación. Faltaba poco para que llegue al techo. Él me despertó de aquella hipnosis abrazándome por la panza. Me despertó y me volvió a dar más razones para seguir amándolo. Lo miré por encima de mi brazo y estaba mirando el cielo desde la ventana sonriendo con esa sonrisa tan hermosa que lo caracteriza y que inspira ternura y confianza. Alzó la vista y me miró, me sonrió, me besó en la espalda y me tiró hacia él.
Estuvimos un rato más en la cama acostados, sonriéndonos, acariciándonos el rostro y el pelo y mirándonos a los ojos muy de cerca.

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