Hay veces que a la vida simplemente hay que sonreírle
Cultura Mestiza
6.14.2015
El mate
El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca.
Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed.
Es más bien una costumbre, como rascarse.
El mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo.
Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es 'hola' y la segunda: '¿unos mates?'.
Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros.
Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan.
Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara.
Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar.
En verano y en invierno.
Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos.
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo.
Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.
Cuando conocés a alguien por primera vez, te tomás unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza: '¿Dulce o amargo?'. El otro responde:
'Como tomes vos'.
Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba. La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba,
un vecino tiene y te da.
La yerba no se le niega a nadie.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular.
Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres.
Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos.
No es casualidad. No es porque sí.
El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es que ha descubierto que tiene alma.
El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores...
Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena. Es querible la compañia.
Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablás mientras el otro toma y es la sinceridad para decir: ¡Basta, cambiá la yerba!'.
Es el compañerismo hecho momento.
Es la sensibilidad al agua hirviendo.
Es el cariño para preguntar, estúpidamente, '¿está caliente, no?'.
Es la modestia de quien ceba el mejor mate.
Es la generosidad de dar hasta el final.
Es la hospitalidad de la invitación.
Es la justicia de uno por uno.
Es la obligación de decir 'gracias', al menos una vez al día.
Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir.
Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed.
Es más bien una costumbre, como rascarse.
El mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo.
Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es 'hola' y la segunda: '¿unos mates?'.
Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros.
Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan.
Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara.
Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar.
En verano y en invierno.
Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos.
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo.
Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.
Cuando conocés a alguien por primera vez, te tomás unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza: '¿Dulce o amargo?'. El otro responde:
'Como tomes vos'.
Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba. La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba,
un vecino tiene y te da.
La yerba no se le niega a nadie.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular.
Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres.
Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos.
No es casualidad. No es porque sí.
El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es que ha descubierto que tiene alma.
El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores...
Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena. Es querible la compañia.
Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablás mientras el otro toma y es la sinceridad para decir: ¡Basta, cambiá la yerba!'.
Es el compañerismo hecho momento.
Es la sensibilidad al agua hirviendo.
Es el cariño para preguntar, estúpidamente, '¿está caliente, no?'.
Es la modestia de quien ceba el mejor mate.
Es la generosidad de dar hasta el final.
Es la hospitalidad de la invitación.
Es la justicia de uno por uno.
Es la obligación de decir 'gracias', al menos una vez al día.
Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir.
12.31.2014
Libros leídos este año (2014)
El Corazón de Piedra Verde
Desde donde estoy veo la Luna
Martín Fierro
Adiós a las Armas
Argentina. La Contrucción de un País
Yo que serví al Rey de Inglaterra
Kafka en la Orilla del Mar
Padre Rico Padre Pobre
El Padrino
Cuerda de Presos
Recorre Los Campos Azules
El Agente Secreto
El Paso del Hombre
Rosie
La Otra Comedia
Los Patrones de La Argumentación
La Imperfecta Casada
El Filo de la Navaja
La Tregua
Don Segundo Sombra
El Juego del Ángel
Desde donde estoy veo la Luna
Martín Fierro
Adiós a las Armas
Argentina. La Contrucción de un País
Yo que serví al Rey de Inglaterra
Kafka en la Orilla del Mar
Padre Rico Padre Pobre
El Padrino
Cuerda de Presos
Recorre Los Campos Azules
El Agente Secreto
El Paso del Hombre
Rosie
La Otra Comedia
Los Patrones de La Argumentación
La Imperfecta Casada
El Filo de la Navaja
La Tregua
Don Segundo Sombra
El Juego del Ángel
7.25.2014
El Olvidado
Bajo un puente de hormigón, el frío penetra en mi piel cada anochecer, entre cajas de cartón, tu indiferencia hacia mi es mi humillación. La solución no esta en la caridad. Puede aliviar pero nunca sanar ¿Cuál es la solución a mi desigualdad? Mientras exista miseria no habrá dignidad. Mucha solidaridad, pero si cruzo ante ti, me vas a ignorar. La moneda que me das puede lavar tu moral, pero es temporal. Dice la Constitución que tengo derecho a una vida mejor ¿Dónde puedo acudir para denunciar que la hora de repartir se olvidaron de mi?
6.05.2014
Más le valiera morirse. Cuando llegaban las cuatro de la tarde, como entonces, el Sol dejaba de calentarle y empezaba la temblera... los dientes, las piernas, las manos... ¡los huesos...! Todo le temblaba. Le temblaba la voz, el cuerpo entero...
Y tenía miedo. Un miedo terrible a que llegara el invierno cerrando las puertas y las ventanas, cerrando la misma vida. ¡El frío! Todo el día se mantenía al Sol, atesorando avaramente los tibios rayos. Cuando llegaba la noche no podía dormir, pensando en el helado contacto de todo cuando le rodeaba, aunque ardiera el fuego en el llar, aunque le pusieran encima de la cama montones de ropa de pura lana.
No querían dejarle que muriera. Tenía que esperar a cumplir cien años -decían- y hasta entonces ni siquiera podía pensar en morir. ¡Cien años! ¿Cuántos le faltarían? Había renunciado hacía tiempo a contarlos, pero no faltaría mucho. Ya era un mozo cuando la francesada y había llevado un fusil de chispa en aquella grandiosa batalla habida allí mismo, en los terrenos de La Carrocera a La Robla, cuando los paisanos derrotaron por completo a una división de gabachos.
¡Qué tiempos aquellos! El vigor de la sangre moza, ultrajada con el ultraje a la patria, le había llevado a la guerrilla de Carmelo "el Seisdedos". Todo, todo, había quedado muy atrás. Ya ni siquiera encontraba placer en relatar sus hazañas. Esperaba la muerte. Pero se empeñaban en que cumpliera cien años... ¡cien años!
Algunas veces experimentaba también él un pueril orgullo de ir venciendo los años y la muerte. Seco estaba como un sarmiento y las venas de sus manos parecían arrugas de la tierra; cortezas, surcos, grietas en la superficie maltratada de la piel; vaciedad de ilusiones, como la misma tierra cansada, estéril, sombría, pedregosa... y, además, se había quedado ciego... Pero se empeñaban en que cumpliera cien años... ¡cien años!
Muy cerca tenía a su biznieta Demetria. Sentía casi su respiración. Le había compañía, muy buena compañía; respetaba sus silencios y no le obligaba a hablar, como los otros; tan sólo por miedo de verle callado. Decían que era una muchacha arisca... No era cierto. Él sabía cuánta juventud, cuánta alegría corría por sus venas; pero se había acostumbrado a callar, igual que él. Le ayudaba a dar los cuatros pasos que andaba en todo el día, a sentarse en la solana, a llevar la cuchara a la boca, a limpiarse los ojos cuando las legañas agarrotaban sus párpados...
-Demetria -llamó, sólo por sentir su mano posándose en su brazo.
-¿Qué...?
-Empieza a hacer frío.
-Vamos adentro.
-Un poco más -suplicó.
Aunque muy oblicuo, todavía el Sol le daba en la cara. Quería apurar aquellos instantes. Un poco más...
-Demetria... ¿Quién viene por el camino de Otero?
La moza tardó unos minutos en contestar. Lo hizo desapasionadamente, como si para ella no fuera un acontecimiento.
-Son unos civiles, tata. Y llevan preso a un viejo.
Pronto estuvieron encima. Y empezaron a llegar los chiquillos y las mujeres de la aldea.
-Buenas tardes, abuelo.
Era la voz de un hombre de cincuenta años, seca, autoritaria por más que el cansancio dejara arrastrándose las palabras.
-¿Nos falta mucho para La Robla?
No le daba la gana responder. ¿Qué le importaba que otros fueran a La Roba, si había diez años que él no podía ir?
-¡Abuelo...!
-Déjale. Es muy viejo, chochea -murmuró otra voz.
Ahora preguntaban a la chica.
-Dinos tú, niña...
Demetria tampoco abrió la boca.
-¿Qué sucede? -se extrañaban.
-Nada. -Era Tránsito, su nieta, asomándose- No quieren hablar. No hablan mucho, ¿saben ustedes? Mi abuelo casi tiene cien años.
¡Otra vez el ingenuo orgullo! Los guardias respingaron, un poco ceremoniosamente.
-¡Diablo!
Y debió de indicarles que estaba ciego, porque inmediatamente:
-¡Qué pena! -murmuraron.
Un momento de silencio. Casi veía a los chiquillos, llenos de mocos, admirando a los militares.
-Y diga...
-Para La Robla les faltan casi dos leguas. Pueden atajar por aquel barranco y aquel robledal.
-Gracias.
No se marchaban. Debían de estar cansados.
-¿Necesitan alguna cosa? -preguntaba Tránsito.
-Nada, gracias.
-¿Un poco de pan para ese hombre?
-Bueno...
-Tome... ¿no puede cogerlo?
-No. No puede.
-¡Ah! Tiene las manos atadas ¡pobre!
Y así todo. Hablar por hablar. Una voz, también desconocida como la anterior, pero más joven se interesaba por Demetria.
-¿Es muda?
-No.
-¿Por qué...?
La respuesta quedó en el aire. Pero el guardia debía de ser testarudo.
-¿Cómo te llamas? ¿No quieres decir? Mira que venimos de muy lejos y sólo hemos encontrado peñascos en el camino... Tú eres muy bonita. Lo serías más si sonrieras ¿quieres?
¡Qué empeño! Estaban perdiendo el tiempo. Demetria tenía la risa demasiado adentro...
-¡Vamos, mujer! -regañaba su madre.
-No importa -hablaba el guardia-, déjala. Las flores no son para el primero que pasa. Pero yo volveré... ¿verdad que volveremos?
-Verdad -gruñó la primera voz.
-Dentro de unos días volveremos otra vez. Y mercaré para ti un collar de cuentas azules y un pañuelo de flores. Y tú sonreirás entonces, lo sé, lo sé de fijo.
-Vamos, Silvestre -apremió el compañero.
-Adiós.
Se marchaban. El preso no había despegado los labios... Los chiquillos íbanse detrás, royéndole los zancajos. Quedaban las comadres y el comentario.
-¡Pobre!
-Vamos, Demetria -murmuró.
Demetria se levantó para ayudarle, metiendo la cabeza bajo su brazo derecho, como siempre hacía. Reprimió un gemido... ¡Cien años...! ¡Que fuera pronto! Mientras..., que el buen Dios le dejara también mañana tomar el Sol, al resguardo de la tapia.
-Abuelo..., ¿volverán?
Tan quedamente habló Demetria que por unos instantes creyó haberse equivocado. Pero llevó sus dedos al rostro de la niña y pudo "ver" que estaba sonriendo, los ojos llenos de brillo y los labios de temblores.
Y tenía miedo. Un miedo terrible a que llegara el invierno cerrando las puertas y las ventanas, cerrando la misma vida. ¡El frío! Todo el día se mantenía al Sol, atesorando avaramente los tibios rayos. Cuando llegaba la noche no podía dormir, pensando en el helado contacto de todo cuando le rodeaba, aunque ardiera el fuego en el llar, aunque le pusieran encima de la cama montones de ropa de pura lana.
No querían dejarle que muriera. Tenía que esperar a cumplir cien años -decían- y hasta entonces ni siquiera podía pensar en morir. ¡Cien años! ¿Cuántos le faltarían? Había renunciado hacía tiempo a contarlos, pero no faltaría mucho. Ya era un mozo cuando la francesada y había llevado un fusil de chispa en aquella grandiosa batalla habida allí mismo, en los terrenos de La Carrocera a La Robla, cuando los paisanos derrotaron por completo a una división de gabachos.
¡Qué tiempos aquellos! El vigor de la sangre moza, ultrajada con el ultraje a la patria, le había llevado a la guerrilla de Carmelo "el Seisdedos". Todo, todo, había quedado muy atrás. Ya ni siquiera encontraba placer en relatar sus hazañas. Esperaba la muerte. Pero se empeñaban en que cumpliera cien años... ¡cien años!
Algunas veces experimentaba también él un pueril orgullo de ir venciendo los años y la muerte. Seco estaba como un sarmiento y las venas de sus manos parecían arrugas de la tierra; cortezas, surcos, grietas en la superficie maltratada de la piel; vaciedad de ilusiones, como la misma tierra cansada, estéril, sombría, pedregosa... y, además, se había quedado ciego... Pero se empeñaban en que cumpliera cien años... ¡cien años!
Muy cerca tenía a su biznieta Demetria. Sentía casi su respiración. Le había compañía, muy buena compañía; respetaba sus silencios y no le obligaba a hablar, como los otros; tan sólo por miedo de verle callado. Decían que era una muchacha arisca... No era cierto. Él sabía cuánta juventud, cuánta alegría corría por sus venas; pero se había acostumbrado a callar, igual que él. Le ayudaba a dar los cuatros pasos que andaba en todo el día, a sentarse en la solana, a llevar la cuchara a la boca, a limpiarse los ojos cuando las legañas agarrotaban sus párpados...
-Demetria -llamó, sólo por sentir su mano posándose en su brazo.
-¿Qué...?
-Empieza a hacer frío.
-Vamos adentro.
-Un poco más -suplicó.
Aunque muy oblicuo, todavía el Sol le daba en la cara. Quería apurar aquellos instantes. Un poco más...
-Demetria... ¿Quién viene por el camino de Otero?
La moza tardó unos minutos en contestar. Lo hizo desapasionadamente, como si para ella no fuera un acontecimiento.
-Son unos civiles, tata. Y llevan preso a un viejo.
Pronto estuvieron encima. Y empezaron a llegar los chiquillos y las mujeres de la aldea.
-Buenas tardes, abuelo.
Era la voz de un hombre de cincuenta años, seca, autoritaria por más que el cansancio dejara arrastrándose las palabras.
-¿Nos falta mucho para La Robla?
No le daba la gana responder. ¿Qué le importaba que otros fueran a La Roba, si había diez años que él no podía ir?
-¡Abuelo...!
-Déjale. Es muy viejo, chochea -murmuró otra voz.
Ahora preguntaban a la chica.
-Dinos tú, niña...
Demetria tampoco abrió la boca.
-¿Qué sucede? -se extrañaban.
-Nada. -Era Tránsito, su nieta, asomándose- No quieren hablar. No hablan mucho, ¿saben ustedes? Mi abuelo casi tiene cien años.
¡Otra vez el ingenuo orgullo! Los guardias respingaron, un poco ceremoniosamente.
-¡Diablo!
Y debió de indicarles que estaba ciego, porque inmediatamente:
-¡Qué pena! -murmuraron.
Un momento de silencio. Casi veía a los chiquillos, llenos de mocos, admirando a los militares.
-Y diga...
-Para La Robla les faltan casi dos leguas. Pueden atajar por aquel barranco y aquel robledal.
-Gracias.
No se marchaban. Debían de estar cansados.
-¿Necesitan alguna cosa? -preguntaba Tránsito.
-Nada, gracias.
-¿Un poco de pan para ese hombre?
-Bueno...
-Tome... ¿no puede cogerlo?
-No. No puede.
-¡Ah! Tiene las manos atadas ¡pobre!
Y así todo. Hablar por hablar. Una voz, también desconocida como la anterior, pero más joven se interesaba por Demetria.
-¿Es muda?
-No.
-¿Por qué...?
La respuesta quedó en el aire. Pero el guardia debía de ser testarudo.
-¿Cómo te llamas? ¿No quieres decir? Mira que venimos de muy lejos y sólo hemos encontrado peñascos en el camino... Tú eres muy bonita. Lo serías más si sonrieras ¿quieres?
¡Qué empeño! Estaban perdiendo el tiempo. Demetria tenía la risa demasiado adentro...
-¡Vamos, mujer! -regañaba su madre.
-No importa -hablaba el guardia-, déjala. Las flores no son para el primero que pasa. Pero yo volveré... ¿verdad que volveremos?
-Verdad -gruñó la primera voz.
-Dentro de unos días volveremos otra vez. Y mercaré para ti un collar de cuentas azules y un pañuelo de flores. Y tú sonreirás entonces, lo sé, lo sé de fijo.
-Vamos, Silvestre -apremió el compañero.
-Adiós.
Se marchaban. El preso no había despegado los labios... Los chiquillos íbanse detrás, royéndole los zancajos. Quedaban las comadres y el comentario.
-¡Pobre!
-Vamos, Demetria -murmuró.
Demetria se levantó para ayudarle, metiendo la cabeza bajo su brazo derecho, como siempre hacía. Reprimió un gemido... ¡Cien años...! ¡Que fuera pronto! Mientras..., que el buen Dios le dejara también mañana tomar el Sol, al resguardo de la tapia.
-Abuelo..., ¿volverán?
Tan quedamente habló Demetria que por unos instantes creyó haberse equivocado. Pero llevó sus dedos al rostro de la niña y pudo "ver" que estaba sonriendo, los ojos llenos de brillo y los labios de temblores.
5.12.2014
5.02.2014
El enamoramiento
La duración del enamoramiento es variable y la perduración es inmadurez; es una energía muy fuerte que nos hace muy bien, hace sacarnos de nosotros mismos y volcarnos en otro.
La escritura
La escritura lleva 50 años de retraso respecto de la pintura. ¿Por qué este desfasaje? Porque el pintor puede tocar y manipular sus materiales y el escritor no. El escritor aún no sabe lo que son las palabras
4.28.2014
4.24.2014
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