Qué pena es no tener memoria visual de nuestras palabras, de aquellas que nuestros labios murmuran.
Yo sabía que no iba a recordar nada de aquellas maravillosas frases que me iba diciendo a mi misma mientras caminaba por la calle, y acompañaba a aquellas frases con suaves movimientos de mis dedos, marcando el perímetro de todo aquello que pasaba por mi lado.
Yo sabía que no las iba a recordar, pero aún así me continué hablando, continué disfrutando de aquellos espectáculos que me puedo dar a mi misma en tan pocas ocasiones, jutamente por eso, no porque aún tenga la esperanza de poder recordarlos, sino porque sé que es muy probable que mañana no me vuelva a sentir igual de inspirada, porque puede que mañana ya no vuelva a sentir el suelo bajo mis zapatillas de aquella forma, y porque puede que mañana me vuelva a importar lo que piensa la gente en la calle cuando me ve hablándome a mí misma.
Pero si es poesía, si es poesía e incluso logré que una frase me rimara. Era tan hermosa. Ahoar no puedo recordar de qué trataba.
Pude notar muchas cosas, pude darme cuenta de muchas cosas. Con cada movimiento que damos, expulsamos algo; con cada inspiración que tratamos de hacer para que nos ingrese un poco de aquella vida que la calle nos suele dar, hay algo que perdemos, hay algo que se va, no hay nada que entre en nuestro organismo más que este nuevo saber, este nuevo conocimiento de que no nos sirvió.
Líricamente movía mis labios. Asombradamente me miraba la gente. Armoniosamente movía mis dedos, continuando algún compás que tendría en mi cabeza pero que no lo había descubierto. Extrañadamente los miraba la gente. Bruscamente movía la cabeza para revolver las ideas y que así salgan los adjetivos más hermosos jamás pensados y nunca revelados. Estupefacta me quedaba sorprendida de que haya funcionado. Y la gente me miraba con miedo.
No creer en todas esas cosas que los demás creen nos hace sentir especiales, nos hace sentir bien pero a la vez mal porque el mundo no lo sabe, porque esa cosa en la que no creemos no lo sabe.
Y de pronto, como un inalcanzable rayo, frente a la ciencia ficción, me di cuenta de que seguía sintiendo aquello que en algún momento me hizo volar y quedarme paralizada en el cielo, como el rayo, me di cuenta de que todavía era esa la persona a la que no quería ver en futuro con otra mujer. Aún seguía sintiéndome como un rayo, allí, reluciente en la completa oscuridad de la noche, iluminando toda la ciudad en un segundo y dejando ciegos a los ciudadanos por diez segundos. Así me sigo sintiendo, incómoda porque la gente aún cree que allí estoy cuando ya no más, cuando solo fui a aparecer por un segundo.
Esa es una de las cosas con las cuales no puedo vivir: que los demás crean algo sobre mí que realmente no es. Y por eso me siento incómoda. Y por eso me sentía como un rayo. Y por eso ahora me volví a sentir así, porque le vi el rostro, se lo volví a ver, pero esta vez fue como si fuese la primera vez que lo vi con tanta luz, con tanta luz del rayo, pero esta vez de día y mucho mejor: con libre vista y sin que él me mire e interrumpa mi hermosa vista: él.
Tiene cara de aún ser un niño. Y cuando lo veo caminar, cuando desfila frente a mí me duele el labio inferior, porque es algo inevitable mordérmelo mientras lo miro.
Capaz la próxima debería revolver mi cabeza para ver si se me aclaran los sentimientos.
Lo triste de esto, igual de triste como no tener memoria visual para las frases, es que ya no se me ocurre nada para hacer. Y naturalmente debería esperar a que algo suceda, algo dirigido por ese otro algo o alguien en quien no creo. Pero no lo puedo dejar así, algo tengo que poder hacer y quedar como una heroína, e irnos juntos a vivir la vida felices, pero no se me ocurre.
Si tan solo hubiera máquinas abiertas al público para solucionar esos problemas sentimentales que te marchitan las ideas y hacen florecer poesías que tan solo retroalimentan la necesidad de ese algo o alguien.
Y de pronto me di cuenta de que estaba cayndo en la profundidad del infinito al que nada le pertenece de mi futuro.
Y de pronto volví a caer en la belleza de su ser, en su orgásmica timidad y en la insaciable sangre de mis labios.
¿Cómo detener aquella fuente si el deseo se oculta en mi cuerpo?
Claramente el claro de la Luna volvió a inyectarse en mi sangre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario