Todas las mañanas despierta. Todas las mañanas despierta y aún es de noche.
Algunas veces me despierta con la luz del velador y me revuelvo sobre mí mesma para recostarme sobre algún lugar del colchón que esté frío. Él sabe que cuando me muevo así es porque me despertó, y me pone una mano en la cadera.
Tiene manos muy grandes, tranquilamente podría tomar mi cuello con una sola. "Volvé a dormirte chinita" me dice con su voz tan gruesa.
Intenta decirlo suavemente y en voz baja, mas no le sale, se escucha por toda la casa.
Siempre me muevo pal lao contrario de la luz, entonces él no puede ver mi rostro, mas yo siempre me sonrío. Si él no se empeñase tanto en su trabajo a tal nivel de olvidarse de los otros seres vivos, yo me levantaría con él y le haría compañía. "Pero vos andá a dormir, china, ansí cuando te despertás estás bien descansada. ¿Para qué me serviría que te levantes conmigo si vas a estar como sonámbula?" Mas yo sabía que él me decía eso porque por dentro tenía toda la dulzura de sus ojos, toda la dulzura que su cuerpo no supo manifestar, y que él realmente creía que yo lo podía llegar a distraer. "Después cuando te levantes, me cebás unos ricos mates, chinita".
Pero yo a esa hora me creía bastante despierta, lo suficiente como para salir de la cama y caminar, mas ya sabía que él se negaría a que yo me levante, entonces ya me había resignao a intentarlo.
"Sí mi negro, yo le cebo todos los mates que usted quiera", pensaba yo y le acariciaba la barba con la dulzura que mi cuerpo supo adoptar a falta de azúcar en mis mates.
Todas las tardecitas le obligo a descansar un poco y a merendar. Realmente él sabe que tiene que parar un poco, por más que no le guste, pero quiere hacerse rogar, le gusta que yo le diga desde la puerta de casa que entre, o que lo vaya a buscar en caballo, que le ruegue que vuelva a casa. Siempre termina riéndose, diciéndo "sos un ángel, chinita" y montándose en el caballo delante mío pa que lo tome por el abdomen y me sostenga.
Es como una forma suya de despedirse de aquél lapso de trabajo el irse en caballo; el último ejercicio antes de volver a la carga.
Pero yo casi siempre lo distraigo con mis mates, cantándole historias, inventándole cuentos hasta que anochezca y no pueda volver a su jornada. Cuando le relato historias es como un niño, tranquilamente podría sentarse en el suelo como indio y oírme toda la tarde con los ojos abiertos, "bueno, eso no me lo esperaba". Era un niño con barba y robusto jugando a ser un adulto.
Luego, todas las noches, cuando yo apagaba el velador luego de leer mi novela, me besaba en la frente y me decía "gracias".
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