Porque a veces cuando Cualquier semejanza con
imaginás algo, puede sentimientos reales
ser tan real. es pura verdad.
-Nos encontramos a las ocho, me dijo.
Su voz no sonaba trágica, como debería serlo; su voz no sonaba cansada, como debería estarlo; su voz no temblaba, como debería hacerlo; su voz era neutra, sonaba tranquila y estaba segura de sí misma
Pero ella no. Pero ella estaba confusa. No lograba. No lograba entender.
Hacía frío.
-Nos encontramos a las ocho, me había dicho.
Ya eran las ocho.
No estaba allí.
Hacía frío.
La bufanda me pinchaba.
-Vamos al puente.
El puente.
No era un "puente" normal, señora.
Era el trazo de un niño inclinado, era la escoba de una mujer apoyada sobre la pared. Era ella apoyada sobre la pared invisible.
Miré al cielo.
-Vamos al puente.
No es un "puente" normal, señora, es el Puente de la Mujer.
-Cuidado señor.
Sus ruedas pasaron feroces, su viento me rozó aromáticamente, sus ojos brillaron en su oscuro rostro, inclinado como el puente, sobre el manubrio.
No quería encontrarla a las ocho.
Quería hacerla sufrir un poco con mi ausencia.
Sí, ahora ya estaba sufriendo, pero no quería escucharla llorar sus penas saliendo de su boca de víctima.
Ella tenía la culpa.
La Escoba de la Mujer estaba chica. A lo lejos.
A lo lejos no divisié nada.
La bufanda me picaba.
Miré a la izquierda.
Gente amontonándose.
No por calor, sino para matarse comiendo.
Una señora estaba preocupada.
No porque su hija estaba jugando quién sabe dónde.
No. Lo estaba porque capaz no entraban.
Un grupo de jóvenes reía.
Así eramos con ella.
Ella tuvo la culpa.
Ella lo descuidó.
No se le puede echar la culpa a él.
Él había sido criado por su tío.
Ella por su sirvienta.
Pero era mi amiga.
Pero hacerla sufrir un poco no le vendría mal.
Preferí mirar a mi derecha.
Cómo me habría gustado ver reflejarse en el agua las estrellas, o ver las ondas de los peces en movimiento.
Decidí acercarme, abandonar el camino transitado para ser más difícil de encontrar.
Pero no se reflejaba nada salvo los faros, y no se veía nada salvo la basura flotando.
Y la bufanda me picaba.
Ni siquiera me pude ver a mi misma: los faros me tapaban.
Y la bufanda me picaba.
Me tuve que mover un poco. Una pareja no me quiso esquivar.
Me tuve que alejar un poco del agua contaminada. Me acerqué un poco a la sociedad. Al área transitada. A la posibilidad de que mi amiga me encuentre.
Miré a la Escoba de la Mujer y ahora ya no era una escoba, ahora era un palo inclinado.
-Vamos al puente.
Qué señora ignorante.
Seguro mi amiga habría dicho lo mismo.
-No nos acerquemos mucho al puente. Por ahí no hay gente, había dicho.
Después de los lugares de comida, el Palo de la Mujer era el lugar más visitado.
Me acercaba para disminuir las posibilidades de que me encuentre.
El corazón ya se había tranquilizado. Ya no corría el riesgo de ser atropellada por la misma bicicleta. Esos ojos habían desaparecido y su aroma se había mezclado con el del río.
Ojalá hubiese peces.
Ahora ya no era más un Palo. Ahora era una lapicera, una pluma en su tintero.
Ahora sí era el Puente de la Mujer.
¿Por qué?
Ahora tenía calor.
La bufanda ya no me picaba.
Miré al Puente.
Pude notar cómo se detenía el tiempo. Cómo mi segundero hacía un ruido estruendoso cuando se movía al ritmo de los minutos.
Miré a mi al rededor y todos estaban quietos. Aquel murmullo había cesado pero el viento continuaba corriendo.
Miré hacia atrás y pude divisar, a lo lejos, al hombre de la bicicleta haciendo equilibrio quieto en un lugar.
La pareja. Vamos al puente, había sonreido ella. Estaban más adelante abrazados.
Y miré al puente.
Pude sentir la madera del suelo, la cálida madera, el robusto árbol, rozando mis yemas.
Pero estaba tocando la fría baranda de metal.
Y todo volvió a la normalidad.
El murmullo de vida me lastimó los oídos. De repente apareció, como tu imágen en mi retina.
Te vi y creí que el tiempo se iba a detener.
Pero no lo hizo.
Quise acercarme pero no podía mover mis pies. Estaban clavados al suelo.
La bufanda me picaba.
Tenía frío.
¿Vos tenías frío?
Estabas con tu elegante campera negra, con tu bufanda. ¿Te picaba?
Y tenías las manos calentándose en tus bolsillos.
Tal vez tenías frío. O tal lo habías dejado de sentir.
Tu mirada estaba perdida en el agua.
Parecías preocupado.
¿Estabas pensando en ella?
¿Estabas pensando en cómo te lastimó?
¿O estabas pensando en mí?
¿O estabas pensando en tus frías manos?
¿O te picaba la bufanda?
Te tengo que ir a consolas, dije en voz alta.
E intenté mover los pies.
Me los miré.
¿Qué les pasaba?
No reaccionaban.
¿Acaso esa enorme escoba me imposibilitaba moverme?
Intenté mirar a mi alrededor pero no pude.
Un intenso frío se me iba acercando.
Sí, lo podía sentir. Estaba cada vez más cerca.
No, por favor, que no seas vos.
No seas vos, amiga, que él está cerca y no quiero ni que lo veas ni que nos vea.
No, por favor, dejame soltar la baranda.
Y me di cuenta de que no la estaba tomando. De que mi mano estaba metida en mi bolsillo y de que la bufanda me picaba.
Había estado escapándome.
¿Ya la habría hecho sufrir lo suficiente?
Saqué mi mano izquierda del bolsillo de mi elegante campera negra.
Eran las ocho y tres minutos.
No, tenía que escapar.
Y no volver nunca más.
Teníamos que escapar.
¿Por qué habría elegido aquella bufanda?
Volví a mirar para adelante mientras iba sintiendo las peluzas rozar con mi mano.
Aún seguías allí, preocupado.
No quería que te vayas.
No quería dejar de mirarte. Para que no te vayas.
Era como un sueño.
Estabas allí parado, al alcance de mi mano y no me podía acercar a vos porque tenía que hacer cosas que me retrasaban.
Ya eran las ocho y cinco.
Finalmente, cuando me decidí acercarme. Cuando estuve por levantar un pie, que ahora era tan liviano, pude ver.
Pude ver y pude sentir cómo un escalofrío me subía por la espalda.
Esa pensa resbalando.
La pude ver caer al agua y generar ondas.
Entonces mi mirada dejó el agua tranquila y se dirigió inmediatamente a tu rostro.
Sí, había caído de allí.
Me partía el alma.
¿Por qué te había echo sufrir de aquella forma?
Lo mejor sería dejarte solo en ese momento.
Pero tenías las manos frías.
Ahora sí lo podía notar.
Las estabas moviendo por dentro de tu abrigo.
Tenías frío. Y mucho.
Tenía que ir a consolarte.
¿Quién la querría consolar a la otra que te había echo sufrir?
Y nos escaparíamos.
Sí, nos escaparíamos.
Pero debía dejarte solo, por lo menos por hoy.
O quizá deba dejarte solo tan solo un rato y acercárteme cuando vea que estuvieses por irte.
Pero debía esconderme de mi amiga.
Que con su aire de superada se me acercaría a llorar.
Yo sfro por amor, pensaba. Siempre elijo a chico tontos.
No, vos sos la tonta que no los sabe valorar.
Tus lágrimas no valen nada.
¿Ah, no? Pero venden.
Sí, venden, por eso sos la chica con más parejas que conozco.
Pero este ángel, éste no se merecía lo que le hiciste.
Entonces pude sentir cómo mis pies comenzaron a caminar autónomamente
Proto sentí la planta de mi pie derecho fría.
Y luego la izquierda.
Debía caminar rápido por si llegaba mi amiga.
Pero quería aprovechar aquella imagen tuya.
Quería imprimirte en mi memoria.
Pero no debía llamar la atención.
Su imagen se comenzó a hacer más grande.
Mi corazón aumentó de tamaño al igual que el Puente de la Mujer.
Te veía ya tan claramente a la luz de un faro. Allí, desolado y con frío.
Si tuvieses más pelo, estaría revoloteándose en tu cabeza para todos lados.
Si me tuvieses a mi a tu lado, me estarías abrazando y amando.
Llegué a tu altura. Mis pies me alcanzaron a tu altura.
Ahora debía frenar y doblar. Ahora debía cruzarte mi brazo por la espalda.
Pero mis pies continuaron derecho.
No te querían cruzar al parecer.
Y me fui acercándo a la avenida.
Y me fui alejándo de la Escoba de la Mujer.
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