Un viaje de inconsciencia y una vuelta filosóficamente melancólica.
Calle, esquina de mi infancia, hace 4 años te veía normal y ahora que volví sólo por una esquina, te veo tan distina, tan igual pero más pequeña, te quedaste en los mismos recuerdos que mi primaria: ahora pequeña.
La rutina, el mismo camino te puede llegar a hacer odiar ese recorrido cuando, por ahí, es algo realmente hermoso, por eso hay que tener varios métidos: caminar por distintas calles, tomar el colectivo, el subte, el tren.
El viento dispersa todos los olores, agudizando todos los sentidos a flor de vista por las calles.
Algunas ruidosas, sin dejar pensar, pero otras de repente silenciosas me hacen pensar que por allí pasaron cosas terribles de noche en dictaduras.
Algunas paredes calietnes, otras frías, pero todas al lado de la otra. Tocar con la yema de los dedos, ofrecerles aquel espectáculo de temperaturas, de texturas, y esperar que nos cuenten un poco de su historia.
Algunas calles muy sucias y otras completamente hábiles para respirar, cerradas pero con naturaleza y una atmósfera más húmeda y fría.
A veces me preguntaba si hubiese sido la mejor elección volverme caminando o de otra forma porque la verdad que hoy la ciudad me decepcionó. Pero no se qué hubiese visto en el subte o en el colectivo... tal vez estoy sobrestimando el caminar.
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